Odió la guerra del Chaco porque ella destruía el clima de paz que requería la continuidad de “Arte y Trabajo”. Se opuso tenazmente a la conflagración liderando una marcha pacifista en la Plaza 14 de Septiembre y fue encarcelado por el delito de “traición a la patria”.
Tras la guerra se dedicó al comercio y se asoció con Alfredo Galindo Quiroga para abrir la farmacia “Cosmos”, en la acera oeste de la Plaza Principal. El proceso revolucionario que culminaría en el 52 con una partidocracia predestinada a imponer una cultura de corrupción en Bolivia, y la dispersión de sus colaboradores de “Arte y Trabajo” en diversas agrupaciones partidarias que destruyeron los ideales libertarios (MNR, FSB, PIR, POR), apagaron su pasión por la historia. Una enfermedad ocular que le condenaba a la ceguera le llevó a la decisión de aplicarse a sí mismo la eutanasia.
Tenía 70 años de edad cuando lo hizo, el 4 de julio de 1950. “Me dijo que se iba de viaje y me deseaba suerte, que se sentía satisfecho de tenerme entre sus mejores amigos”, recuerda Efraín Vega, propietario de un fundo en Tablas Monte, Chapare, donde se sabe fue Capriles para quitarse la vida, libre de toda pompa fúnebre.
“Sentía terror por los entierros, veía un sepelio y se escapaba. Decía: ‘ésta es la última farsa de la vida’. Criticaba la ostentación y el espectáculo que, según él, hacían aborrecible el hecho de ser enterrado después de morir”, testimonió don Efraín cuando recordaba que algunos días antes de suicidarse, Capriles quiso averiguar en qué parte de Tablas Monte quedaban los terrenos de Vega. “Le pregunté por qué quería conocer ese lugar y me respondió que deseaba ir a ‘abonar’ mis tierras”. Don Cesáreo se aplicó una doble dosis de morfina en la inhóspita selva de Tablas Monte, con una inyección letal que obtuvo de su propia farmacia Cosmos. Nunca más nadie lo vio.
Don Nivardo Paz Arze, apologista innato de Cesáreo Capriles, nos reveló el broche de oro con que el gran ácrata había clausurado su fascinante existencia: “Por boca de Alfredo Galindo, su socio de la farmacia, supe que dejó firmado un vale pagando por la doble dosis de morfina que llevó consigo en ese viaje sin retorno”. Aún en sus últimos días de vida, su honradez y honestidad eran de hierro.
Dejó una colección completa de “Arte y Trabajo” a su amigo Werner Guttentag, escribiendo en la cubierta estas palabras que animaban su despedida: “Ante la estupidez humana, hasta los dioses son impotentes”.
Tal fue el ejemplo de vida y de muerte de un auténtico libertario cochabambino.
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